martes, 17 de octubre de 2017

ERES MÍA

Él, le dijo que la amaba
que era la mujer de sus sueños
que sólo con ella, deseaba compartir su vida
que no cabían más en su corazón
que la trataría como a una reina
y ella, enamorada, le creyó.

Él,vigilaba su teléfono 
para protegerla,
su clave de internet
para compartir su mundo.
Corregía el largo de su falda
y de su escote, el descubierto,
decía, para evitar que otros la agredieran
al sentirse provocados.

Ella, consentía a su amante,
era un sentimiento contradictorio
sentirse querida y protegida,
pero con la libertad hurtada.

Él, que decía amarla con locura,
comenzó a interesarse por sus amigos,
aconsejándola quien era merecedor de su amistad,
a corregir sus idas y venidas, sus movimientos,
ejerciendo una autoridad paternal.
Ella, observaba aquel celo
como muestra de quien tanto la quería.

Los dos felices se casaron, 
y él, puso empeño en sus rayas
que a ella, empezaron a generarle cierto agobio,
sus desobediencias, eran observadas
por él, como intencionados retos
y en su desesperación empleo la fuerza.

Entonces, ella, comenzó a pensar en sus fallos,
a sentirse culpable de que su amoroso amado
se volviera insolente y violento.
Ella, ocultaba con maquillaje y excusas
los tatuajes de su dolor y amargura.

Él, que tanto decía amarla,
había confundido amor con posesión.
Ella que se había sentido tan amada,
comenzó a ahogarse en aquella enfermedad,
mientas él, se sentía ya su dueño.

Un día ella, despertó en el hospital.
Apenas recordaba, pero sabía,
sabía que debía arrancar
esa parte de su vida
que las heridas hablaban
más de él, que sus palabras.

Ella, miró en el espejo
su cuerpo maltratado y se juró
que ya, no se lo romperían más,
nadie ocuparía su intimidad sin permiso. 
Ni ella, ni el ser que su vientre creaba
merecían esa vida de sufrimiento.

Decidió sacar fuerza de sus heridas,
éstas, serían la firma de su decisión.
Se puso sus pinturas de guerra,
pintó los labios con carmín rojo,
de ese fucsia, al que él llamaba de putas,
trazó rayas en sus ojos,
se decoró con rimel las pestañas
y por última vez, las cicatrices
maquilló con colorete.

Ella, resiliente y empoderada
decidió ser, su propia dueña.

                                De Ángel Rebollar (Toda reproducción, total o parcial, del contenido
                                                            ha de ser, previamente, autorizado por el autor)   

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